"Quien salva una vida salva al mundo entero", Talmud.
Dan igual los años, los meses o los días que hayan pasado
desde que uno visita Auschwitz, lo que allí se ve y lo que allí se siente, no
se olvida.
Era algo así como el primo español de R2D2. Medía 67
centímetros, traía refrescos en su bandeja y se movía por radiocontrol. Una
maravilla para esa época, vamos. Todos lo quisimos en algún momento y lo pedimos
en nuestras cartas a los Reyes Magos, pero la verdad es que muy pocos fueron los
afortunados que pudieron abrirlo debajo del árbol. Y es que, como decía el anuncio, Emilio no es un robot, es tu nuevo amigo y el nuevo guardián de tu
habitación.
Tenía poco de estrategia. Aquí ganaba el más rápido.
Cuatro jugadores que competían por ser
el que más bolas tragara con su hipopótamo de color rosa, verde, amarillo o
azul. Una competición que duraba apenas unos segundos, pero conseguía poner
nerviosísimo, desde 1978 (año de su creación), al más tranquilo de la casa.
Su nombre, compuesto por los términos japoneses tamago (huevo) tomodachi (amigo), ya lo indicaba: Se
trataba de un huevo que iba a convertirse en nuestro amigo. Una mini pantalla
en la que nacía y se desarrollaba una mascota a la que teníamos que cuidar,
alimentar, limpiar y entretener. Y todo ello, con tan solo tres botones
(aceptar, cancelar, seleccionar). Bandai
abrió la caja de pandora y consiguió que, ya en los 90, en las clases sonaran
notificaciones, no de whatsapp, sino
de mascotas que se habían hecho caca y necesitaban una limpieza inmediata, si
no… se pondrían tristes, les entraría el hambre y morirían y… ¡otra vez vuelta
a empezar!
Puede que no todos hayamos tenido este juguete, pero
apuesto a que casi todos tenemos en la cabeza esa cancioncilla que acompañaba
al spot publicitario. No sabemos si fue éxito de ventas, pero ha conseguido que
pase el tiempo que pase no nos olvidemos de aquel perro que, a pesar de ir a
“dos por hora”, nos encantaba pasear con él y apretar esa correa que hacía que
Max hiciera lo que mejor sabía hacer; pipí.
Estos pequeños seres con orejas grandes, pico y ojos saltones,
están viviendo su segunda juventud. Y es que Furby ha conseguido ser de nuevo
TT en 2014. Ahora tienen personalidad propia y puedes controlarlos con la
Tablet o el dispositivo móvil. Una reinvención de aquellos furbys que, en
cuanto apagabas la luz, te despertaban con esa vocecilla gritando: ¡MI MIEDO,
MI MIEDO!
Carlos es un ejemplo. Nació hace 56 años y desde
el momento que le tuve entre mis brazos, supe que era diferente. No me
equivoqué. A sus 15, ya estaba haciendo ruido entre mis calles y formando parte
de lo que un día me cambió por completo, la movida madrileña.
Comenzó demostrándolo con el cómic underground. A
mediados de los 70, y durante 10 años, vivió con su otra madre, la señora Condal,
donde le conocían como El Fantasma, porque nadie sabía muy bien dónde estaba y
qué hacía. Allí, trabajó con grandes dibujantes como Max, Nazario o Mariscal, pero
siempre le gustó volver a casa y fue aquí donde se ganó la vida colaborando con
revistas como Star, Bésame mucho o la que lleva por título mi nombre de pila, Madriz.
Siempre pensé que Carlos, como yo, era el
resultado de una mezcla de componentes tan diversos que le hacían único y
extraordinario. Ese rojo constante y su uso violento del color hace que sus
obras parezcan realizadas por un fauvista alejado de su tiempo. Los escorzos
imposibles, la poca importancia del volumen, los temas prohibidos, las mujeres,
el sexo, la defensa de la libertad individual y la visión subjetiva, aportan a
sus obras unas dosis de expresionismo que recuerda a Kirchner. Sin embargo, las formas
angulosas y sus multitudes teñidas de un rojo profundo, son algo más Groszianas. Y
como hijo de caótica que es, Carlos no duda en añadir en ocasiones, un
cubismo picassiano que pone la guinda a un pastel de múltiples capas y sabores.
Desde que nació ha sido un culo inquieto y no puede estancarse en una misma técnica durante mucho tiempo. Por ello comenzó a
investigar con las nuevas tecnologías y a crear obras con Photoshop. Él estaba
orgulloso, pero la gente quería algo tangible, y Ceespede se lo tomó al pie de
la letra. Tan tangible que creó las cajas: Unas obras en 3D con objetos de lo
más insólitos y diferentes que, en su conjunto, forman un cuadro al que le falta espacio y le sobra mensaje. Tornillos, jaboneras, palillos chinos, muñecos,
metales, madera, fichas de dominó… Todo ello, por diverso que parezca, al final
terminaba formando un “algo” sorprendentemente homogéneo.
Mientras tanto, unos dientes de león vuelan
por primera vez por el cielo de la milla de oro, cada uno hacia un lugar y cada uno
con un deseo diferente. Ha sido Adolfo
Domínguez quien los
ha soplado y distribuido en forma de luz por la Calle Serrano. Es quizá un guiño a su conciencia ecológica
y el habitual uso de materias sostenibles y orgánicas en sus prendas.
Ana
Locking,
sin embargo, ha optado por algo más sobrio y sencillo: Unos tubos luminosos en
forma de estrella horizontal que aparecen tímidamente por la calle de
Jorge Juan.
Un poco más allá, en la Calle
Goya, la iluminación ha adquirido cierto acento andaluz, y es que han sido los sevillanos Victorio y Lucchino los artífices al decorar esta zona con una iluminación nueva, no antes expuesta en la ciudad. Lo han hecho con unas lámparas planas, cuya forma y estructura recuerdan a los flecos y al encaje constante en sus diseños. Unas lámparas dignas de convertirse en
elegantes pendientes de flamenca.Rosh333, Spok, Zosen, San, Pantone Kenor, Rubenimichi, Jordi Ribes, Nano4814 y Nuria Mora.
La Bicicleta, El Gorila, Freeway, Sideral, Wurlitzer Ballroom, Taboo, El Perro de la parte de atrás del coche, Zombie Bar, Amor de Madre, Tupperware y La Vía Láctea.